Antes de hablar de destinos, experiencias o crecimiento del turismo, hay una realidad silenciosa que hoy define el rumbo de la aviación mundial: el combustible. Así lo deja claro el más reciente informe de la IATA correspondiente a marzo de 2026, que pone sobre la mesa una verdad contundente: volar depende, en gran medida, de un factor tan volátil como el precio del petróleo.
El documento revela que el combustible representa el 29,1 % de los costos operativos de las aerolíneas, posicionándose como el gasto más alto dentro de toda la estructura del negocio aéreo. Muy por encima de rubros como tripulación, mantenimiento o arrendamiento, el jet fuel se convierte en el verdadero termómetro de la industria.
“Los costos de las aerolíneas son altamente variables y están determinados por los cambios en el precio del combustible, los impuestos y la mano de obra. En particular, los costos del combustible dependen en gran medida de las variaciones en el precio del barril de petróleo a nivel global”. Paula Bernal, Country Manager de IATA Colombia.
Pero el desafío no es únicamente el precio en sí, sino su comportamiento impredecible. La volatilidad del combustible, impulsada por tensiones geopolíticas como el conflicto en Medio Oriente y el cierre del estrecho de Hormuz, ha llevado los costos a incrementos de hasta un 200 % en algunos mercados. Este tipo de fluctuaciones no solo golpea la rentabilidad de las aerolíneas, sino que limita su capacidad de reacción, ya que los costos aumentan mucho más rápido de lo que pueden ajustarse los ingresos.
La historia reciente confirma este patrón. En momentos de crisis global —como en 2008, 2020 o 2022— el aumento abrupto del combustible llevó los márgenes operativos de la industria a niveles cercanos a cero o incluso negativos. En contraste, durante periodos de estabilidad como entre 2015 y 2019, las aerolíneas lograron sostener márgenes positivos cercanos al 7 %, demostrando que la previsibilidad es tan valiosa como el precio mismo.
A esto se suma otro fenómeno clave: la creciente brecha entre el precio del petróleo crudo, como el Brent, y el combustible refinado para aviación. Este diferencial, conocido como crack spread, se ha ampliado en los últimos años, evidenciando presiones adicionales en la cadena de suministro. La limitada capacidad de refinación y las crisis energéticas han hecho que el jet fuel sea aún más volátil que el petróleo, intensificando la incertidumbre para las aerolíneas a nivel global.
En el caso de Colombia, el impacto es aún más sensible. La alta carga tributaria, sumada al encarecimiento del petróleo por conflictos internacionales —como la tensión en Irán—, está presionando los costos del sector aéreo, afectando directamente la demanda y la competitividad. Según el análisis presentado, medidas como la reducción del IVA al 5 % en tiquetes y combustible han demostrado ser efectivas para dinamizar el mercado, lo que abre el debate sobre la necesidad de soluciones estructurales que fortalezcan la conectividad del país.
Más allá de las cifras, este informe deja una reflexión profunda para el turismo: cada vez que un viajero compra un tiquete, detrás de ese precio hay una compleja ecuación global donde intervienen conflictos geopolíticos, mercados energéticos y decisiones fiscales. El costo de volar ya no depende únicamente de la oferta y la demanda, sino de un ecosistema interconectado que define cuánto cuesta acercar el mundo.
En este contexto, la industria aérea enfrenta uno de sus mayores retos: seguir siendo el motor del turismo global sin perder sostenibilidad económica. Y aunque la innovación, la eficiencia operativa y las nuevas tecnologías serán parte de la solución, el combustible seguirá siendo, por ahora, el factor que marca el ritmo.
Porque en la aviación, antes de despegar, todo comienza en tierra… y en el precio del combustible.
Por: Carlos Amaya – Periodista de Viajes



































