sábado, mayo 23, 2026

Donde el desierto respira: crónica de una noche en Hotel Alma, un lugar para ser

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El viento de Tinjacá no sopla: susurra.

Llega tibio, cargado de polvo dorado y del aroma seco del tomillo silvestre. A lo lejos, el desierto parece un animal dormido bajo la luz naranja del atardecer. Entonces, en medio de esa vastedad ocre, aparece un oasis improbable: muros de adobe que se funden con la tierra, techos bajos, jardines verdes que desafían la aridez. Allí, a tres horas de Bogotá, se levanta Hotel Alma, un lugar que no pretende imponerse al paisaje sino conversar con él.

“Este terreno se compró en 2006. Primero fue una posibilidad, luego un sueño… y después una decisión”, me dice Felipe Sardi mientras caminamos por un sendero bordeado de lavandas jóvenes. Ingeniero de formación y aprendiz por convicción —como él mismo se define— habla del hotel como quien habla de un hijo que aprendió a caminar en medio del desierto.

Estamos en el corredor turístico que une Villa de Leyva, Sutamarchán, Ráquira y Tinjacá: una franja del departamento de Boyacá donde el paisaje se ondula entre colinas áridas, cultivos de tomate bajo invernadero y talleres de cerámica que huelen a barro húmedo. Aquí se extiende el Desierto de La Candelaria, uno de los tres principales desiertos del país, que abarca también municipios como Sáchica y Samacá. Un territorio que, más que desierto, es memoria geológica expuesta al sol.

El lujo que no hace ruido

Alma tiene 12 habitaciones. Todas miran hacia el horizonte, como si el paisaje fuera una obra de arte en constante movimiento. Las paredes combinan adobe de la región con baldosas artesanales traídas de Ráquira. Nada brilla en exceso. Nada sobra.

“La coherencia es nuestro mayor lujo”, afirma Felipe, deteniéndose frente a los paneles solares que alimentan parte de la operación. Compostaje, tratamiento de aguas residuales, reforestación progresiva de las 60 hectáreas que rodean el hotel. Lo que hoy es verde fue, hace años, tierra erosionada.

Leonor Osuna, abogada y cofundadora, aparece entre los jardines supervisando que las buganvilias trepen con disciplina. Ella fue quien bautizó el lugar.

—¿Por qué Alma? —le pregunto.

—Porque queríamos que la gente viniera a ser —responde sin titubeos—. A quitarse capas. Aquí no solo se duerme; aquí uno se encuentra.

Su voz tiene la serenidad de quien ha visto regresar huéspedes convertidos en amigos. Las plataformas digitales confirman esa fidelidad: calificaciones sobresalientes, reconocimientos internacionales y una reputación que ubica al hotel entre el 10 % de los mejores del mundo según portales especializados. Pero Leonor prefiere hablar de lo intangible: del huésped que llega exhausto y descubre que aquí “se duerme distinto”.

Y es cierto. La noche en Alma no es silencio: es un concierto leve de grillos, viento y pasos lejanos de algún caballo. El cielo, libre de contaminación lumínica, parece un manto recién estrenado. Durante la actividad de observación astronómica, alguien susurra que las estrellas aquí no titilan: respiran.

De la huerta al plato

En la cocina, el chef corta hojas de rúgula recién cosechadas. La huerta orgánica se ha fortalecido este año, me explican, y muchos ingredientes pasan de la tierra al plato en cuestión de horas. No hay espumas extravagantes ni fuegos artificiales culinarios. Hay tomates dulces de Sutamarchán, quesos de la región, vinos seleccionados con rigor.

“La alta cocina también puede ser honesta”, comenta Leonor mientras descorcha una botella. La mesa se convierte en un mapa del territorio: cada bocado cuenta una historia campesina.

Los empleados, nacidos en el municipio, me hablan de cómo el hotel ha generado empleo estable durante cinco años consecutivos. “Al principio pensábamos que era una locura hacer un hotel aquí, en medio del desierto”, confiesa. “Ahora es nuestro orgullo”. Sostiene Sardi.

La sostenibilidad, aquí, no es consigna publicitaria. Es práctica diaria y relación simbiótica con la comunidad.

El instante revelador

Ocurre al amanecer.

Salgo a caminar cuando el cielo apenas comienza a aclarar. El desierto, que anoche era cobre, ahora es rosa pálido. A lo lejos, las colinas parecen gigantes recostados. Me siento en una roca tibia mientras un guía del hotel me habla de cómo han vuelto algunas aves tras la reforestación.

Entonces lo entiendo: el verdadero lujo no es la habitación impecable ni el vino perfecto. Es la sensación de pertenecer —aunque sea por un instante— a un ecosistema que respira contigo.

Felipe lo había dicho la tarde anterior:

—No podemos decirle a nadie qué va a encontrar aquí. Cada quien vive su propia experiencia.

En el comedor, una pareja celebra aniversario; en el jardín, un grupo practica yoga; más allá, alguien pedalea entre senderos polvorientos. El hotel se transforma según quien lo habite.

El oasis y la memoria

Viajar a esta zona de Boyacá es también recorrer pueblos de fachadas blancas y plazas empedradas, talleres de arcilla en Ráquira, mercados campesinos en Sutamarchán y la arquitectura colonial intacta de Villa de Leyva. Pero regresar a Alma al final del día tiene algo de ritual: como si el desierto te reclamara para contarte un secreto distinto cada noche.

Antes de irme, Leonor me deja una invitación sencilla:

—Dense el permiso de venir. Lo demás lo hace el lugar.

En la carretera destapada que conduce de vuelta al asfalto, miro por el retrovisor. El hotel ya casi no se distingue del paisaje. Se mimetiza. Se disuelve.

Quizá de eso se trate viajar: de encontrar espacios que no buscan brillar más que el entorno, sino enseñarnos a escucharlo.

Y en medio del desierto boyacense, donde el viento susurra historias antiguas, hay un oasis que decidió no conquistar la tierra, sino reconciliarse con ella.

Por: Carlos Amaya – Periodista de Viajes

Editor Viajes
Editor Viajes
Con más de 20 años en el sector turismo, Carlos Amaya es un destacado periodista de viajes que ha explorado el mundo y compartido sus vivencias. Su pasión por la cultura y la aventura le ha permitido recopilar historias y consejos valiosos para inspirar a los viajeros. A través de sus artículos, Carlos inspira a otros a descubrir nuevos destinos y a sumergirse en experiencias únicas. Su enfoque en la sostenibilidad y el turismo responsable resalta la importancia de viajar con conciencia, promoviendo un impacto positivo en las comunidades que visita. Correo Electrónico : carlos.amaya@turismosuper.com

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