Por décadas, las recetas de las abuelas boyacenses viajaron de generación en generación sin tinta ni papel. Se contaban al oído, se aprendían al fuego lento de la olla de barro, se corregían con una pizca de anís o un “ojo” de panela. Hoy, esas voces antiguas, esas manos curtidas por la tierra y el fogón, han logrado que Colombia —y especialmente Boyacá— se escuche en Portugal, se aplauda en Europa y se celebre en el mundo.
«Cocinas Campesinas de Boyacá, Colombia, pa sumercé» no es un libro de recetas cualquiera. Es una expedición emocional y sensorial por los caminos polvorientos de un territorio que cocina con historia, con memoria y con alma. Y esa autenticidad le ha valido el primer lugar en los prestigiosos Gourmand World Cookbook Awards, donde se reconoció como el mejor equipo de investigación de cocinas campesinas del mundo, compitiendo con más de 220 países y 28 mil publicaciones.
La hazaña no se fraguó en oficinas con aire acondicionado ni detrás de escritorios de ciudad. Se cocinó, literalmente, en las veredas. Ricardo Malagón, acompañado por Valentina Gómez y Carlos David Martínez, lideró un equipo que decidió volver a lo esencial: escuchar. Escuchar a las matronas de cocina, a los hombres del campo, a los niños que aún aprenden cómo se amasa una arepa o se prepara una changua con respeto.

Ellos no llegaron con la pretensión del experto, sino con la humildad del aprendiz. «Si hay plato para uno, lo hay para todos», les dijeron en cada casa, y así fueron recibidos: con aguapanela caliente, sopa de cuchuco y relatos que alimentan tanto como los alimentos mismos.
Lo que hicieron fue más que documentar. Lo que hicieron fue habitar. Habitar la cultura, los aromas, los silencios, las celebraciones y los duelos que también se cocinan entre leña y maíz. El resultado fue un libro que respira identidad, que no solo describe platos sino que los vive. Cada receta va acompañada de un código QR que permite al lector escuchar, ver y sentir la voz real de quienes la preservan. Es como sentarse a la mesa en Samacá, en Monguí, en Tinjacá, sin salir de casa.
El proyecto fue posible gracias a una colaboración ejemplar entre el sector público y privado, uniendo esfuerzos para mostrar que lo campesino no es sinónimo de atraso, sino de sabiduría. Que en la aparente sencillez de un mute o una mazamorra, hay siglos de ciencia, comunidad y arte.
Este logro no es solo para Boyacá. Es un reconocimiento al alma gastronómica de Colombia, a su diversidad, a su gente que cocina con lo que tiene, pero sobre todo con lo que es. En un mundo saturado de cocina gourmet y tendencias de Instagram, este libro nos recuerda que la cocina también es resistencia, afecto y territorio.
Y sí, el esfuerzo valió la pena. Porque hoy, desde una mesa campesina en las montañas frías de Boyacá, el país entero tiene algo que celebrar. Pa’ sumercé, pa’ todos nosotros. Porque el sabor auténtico de nuestra tierra no necesita traducción.
Este gran logro no habría sido posible sin el compromiso incansable de la Escuela de Gastronomía Mariano Moreno, que, junto al SENA y el Centro Nacional de Hotelería, Turismo y Alimentos, lideró un proceso de investigación y creación profundamente respetuoso con las raíces culturales de Boyacá. Su apuesta no solo fue académica, sino también humana: formar cocineros conscientes del valor patrimonial de la cocina campesina, y hacerlo a través del contacto real con quienes han sostenido esas tradiciones por generaciones.
Si quieres conocer más sobre este maravilloso viaje por la memoria gastronómica de Boyacá, te invitamos a ver el documental creado por Turismo Súper TV. Dale clic al siguiente enlace y déjate llevar por las historias, los sabores y las voces de quienes han hecho de la cocina campesina un legado vivo:
Por: Carlos Amaya – Periodista de Viajes



































