Entre julio y octubre, el Pacífico panameño se convierte en el escenario de uno de los espectáculos naturales más impactantes del hemisferio sur. Pero esta vez, no solo se trata de avistamientos: hay empresas que han decidido apostar por un modelo turístico más responsable, incluso en tiempos de incertidumbre.
Una migración de gigantes… y de oportunidades
Cada año, más de 2,500 ballenas jorobadas recorren hasta 8,000 kilómetros desde la Antártida hasta las cálidas costas de Panamá. Buscan aguas tranquilas para reproducirse y parir. Lo que podría ser solo un espectáculo natural se ha convertido en una palanca de desarrollo turístico, ambiental y económico para varias regiones del país.
Panamá es uno de los pocos destinos en Latinoamérica donde el avistamiento de ballenas no solo es posible, sino accesible, especialmente para el viajero regional: más del 85% de los países latinoamericanos no requieren visa para ingresar.
“Durante esta temporada, nuestros tours registran un aumento del 200% en comparación con otros meses del año”, explica Isabel Rodríguez, gerente de operaciones de Pacific EcoTours, una operadora que ofrece excursiones de avistamiento desde el Archipiélago de Las Perlas.

Las Perlas, Chiriquí y Coiba: joyas del turismo azul
Los puntos calientes del avistamiento en Panamá no son secretos, pero sí son cada vez más valorados por su enfoque en la conservación. Según datos de la Autoridad de Turismo de Panamá (ATP), el Golfo de Chiriquí, Isla Coiba y Las Perlas concentran más del 70% de los tours de avistamiento.
En paralelo, un estudio del Centro de Estudios Marinos de la Universidad de Panamá revela que estas actividades bien gestionadas pueden generar ingresos superiores a los $15 millones anuales, siempre que se mantenga un equilibrio con la conservación.
Un salto sin esperar mareas perfectas
Una de las apuestas más destacadas de este año proviene de Boca Chica Lodge, un pequeño hotel ecológico en Chiriquí que decidió invertir en su propia embarcación eléctrica híbrida para los recorridos de avistamiento. La embarcación reduce en más del 60% las emisiones de carbono en comparación con las lanchas tradicionales.
“Muchos esperaban condiciones más estables para innovar. Nosotros decidimos que no podíamos esperar más. Las ballenas llegan cada año; la oportunidad también”, afirma Luis Gaitán, director del lodge, que también trabaja con comunidades locales para capacitar a guías turísticos.

Esta acción concreta es parte de una estrategia más amplia que busca posicionar a Chiriquí como un destino de turismo regenerativo, donde el impacto no solo se minimiza, sino que se revierte.
Turismo responsable: tendencia que se convierte en exigencia
El interés por experiencias auténticas y ecológicamente responsables no es nuevo, pero sí está en auge. De acuerdo con la plataforma Booking.com, más del 76% de los viajeros latinoamericanos buscan opciones de turismo sostenible, aunque reconocen no siempre tener la información suficiente para identificarlas.
En respuesta, la ATP ha lanzado un piloto de sello verde para operadores turísticos responsables, en alianza con ONGs locales e internacionales. El objetivo: garantizar que el avistamiento de ballenas en Panamá no se convierta en una moda pasajera, sino en un modelo estructural de conservación rentable.
«No se trata de ver ballenas, sino de aprender a convivir con ellas»
Frases como esta, pronunciada por Marina Pérez, bióloga marina y asesora del Ministerio de Ambiente, resumen el nuevo enfoque: el avistamiento ya no es solo un producto turístico, sino una plataforma para educar, conservar y transformar economías locales.
En ese contexto, empresas como Pacific EcoTours o Boca Chica Lodge están demostrando que se puede actuar hoy, sin esperar condiciones perfectas. Y que en ese salto —casi tan espectacular como el de una ballena jorobada— está la verdadera innovación.
¿Y mañana qué?
El impacto estructural de estas decisiones puede ser profundo: si más empresas siguen esta línea, Panamá no solo será un destino de paso para turistas curiosos, sino un referente regional de turismo marino sostenible, donde conservación y desarrollo dejan de estar en conflicto.
Porque cuando la naturaleza ofrece un espectáculo tan grandioso, lo más responsable que puede hacer el ser humano… es estar a la altura.
Por: Carlos Amaya – Periodista de Viajes

































