En el corazón verde de Colombia, entre montañas que susurran historia y caminos que huelen a café recién molido, una transformación silenciosa pero poderosa está ocurriendo. El Sumapaz y el Alto Magdalena ya no son solo paisajes de paso en la ruta entre Bogotá y Girardot: hoy, son destinos con voz propia, con una identidad que florece gracias a una carretera que no solo une kilómetros, sino también sueños.
Desde la apertura de la modernizada Vía Bogotá–Girardot en abril, la región ha experimentado un resurgir turístico sin precedentes. Atrás quedó la idea de que las vías solo sirven para llegar más rápido. Hoy, Vía Sumapaz —filial de VINCI Highways— demuestra que una carretera bien pensada puede ser también una vía directa hacia el desarrollo humano, económico y cultural de una comunidad.
Del asfalto al alma del territorio
La obra de infraestructura, de 145 kilómetros, incluye la ampliación a un tercer carril en varios tramos, lo que ha reducido significativamente los tiempos de viaje. Pero su verdadero impacto no se mide en minutos ahorrados, sino en las oportunidades que está generando.
Restaurantes antes poco visitados ahora deben hacer reservas con días de anticipación. Pequeños hoteles familiares se llenan cada fin de semana. Las caminatas ecológicas, rutas gastronómicas y recorridos históricos viven un auge impensable hace apenas unos meses. El turismo ha dejado de ser un lujo aspiracional para convertirse en un motor real de desarrollo local.
“Desde que se inauguró la vía, nuestro hostal se llena. Hemos contratado más personal, mejorado nuestras instalaciones y ahora, con esta capacitación, sentimos que de verdad somos parte de algo más grande”, cuenta emocionada Ana Milena Ramos, emprendedora turística de Icononzo.
Un turismo con propósito
Y es que el auge no ha sido casual. Vía Sumapaz, en una alianza estratégica con ANATO Capítulo Central y Cotelco Capítulo Bogotá–Cundinamarca, lideró un programa de formación que benefició a más de 20 emprendimientos de 13 municipios del Sumapaz y el Alto Magdalena.
Durante dos meses, estos empresarios del turismo no solo aprendieron a mejorar sus servicios, sino que también descubrieron el valor de contar historias, de formalizar sus negocios, de conectar con el viajero digital y, sobre todo, de trabajar en red.
“Esta certificación no es un diploma colgado en la pared. Es un paso firme hacia la profesionalización de nuestra oferta turística. Nos permite competir en igualdad de condiciones y ofrecer experiencias auténticas y de calidad”, explica María Patricia Guzmán Zárate, directora ejecutiva de Cotelco Capítulo Bogotá–Cundinamarca.
Cotelco ha sido pieza clave en este proceso. Como representante del sector hotelero y de servicios turísticos, la entidad ha acompañado, impulsado y visibilizado a los emprendedores de la región, apostando por una oferta que respete la identidad local, promueva la sostenibilidad y se construya desde el arraigo.
“Cuando fortaleces al pequeño prestador, fortaleces toda la cadena turística. Nuestra visión es que cada cama, cada plato típico, cada guía local, sea parte de un ecosistema que genere bienestar y orgullo territorial”, agrega Guzmán Zárate.
Más que una vía, una visión
La estrategia de Vía Sumapaz es clara: no basta con construir carreteras. También hay que abrir caminos al desarrollo social. Laurent Cavrois, gerente general de la concesión, lo resume así: “Conectar regiones no solo significa construir asfalto. Significa generar oportunidades. Esta certificación es prueba de que una vía puede ser un eje de desarrollo integral, que transforma vidas y potencia regiones”.
Y lo está logrando. Cada turista que llega al Sumapaz se lleva más que fotos. Se lleva la calidez de un café preparado en una finca centenaria, el sabor de una lechona cocinada con tradición, el relato de un guía que narra historias de paz y resiliencia, y el asombro de ver que, en medio de la selva y la montaña, hay un turismo que florece con dignidad y propósito.
Rumbo a convertirse en ícono nacional
Con esta apuesta conjunta entre Vía Sumapaz, Cotelco y ANATO, el corredor Bogotá–Girardot se está consolidando como mucho más que una conexión vial. Se perfila como una columna vertebral del turismo nacional, capaz de atraer no solo a viajeros en busca de descanso, sino también a quienes quieren conocer el alma profunda de Colombia.
La tarea no está completa. Falta seguir fortaleciendo capacidades, crear productos turísticos innovadores, diversificar la oferta y, sobre todo, mantener vivo el espíritu colaborativo entre comunidades, empresas y entidades. Pero el rumbo está claro.
El Sumapaz ya no es solo el mayor páramo del mundo. Es también un ejemplo de cómo, con visión, alianzas y compromiso, una región puede reinventarse y mostrarse al país —y al mundo— como un destino turístico que honra su pasado, celebra su presente y construye con esperanza su futuro.
Por: Carlos Amaya – Periodista de Viajes
