Colombia no es un país de viñedos, pero sí de sabores poderosos, emotivos y profundamente arraigados en la cultura. Es tierra de sopas que cuentan historias, de amasijos hechos a mano, de carnes cocinadas a fuego lento y de fritos que evocan la alegría del Caribe. Por eso, aunque el vino no forme parte de nuestra tradición ancestral, su presencia en la mesa comienza a ganar terreno como una nueva forma de celebrar lo nuestro. En ese cruce de caminos entre tradición y modernidad, el vino Pinta Negra, originario de Portugal, llega para demostrar que maridar platos típicos colombianos con vino no solo es posible, sino profundamente placentero.
Los vinos de la bodega AdegaMãe, en sus versiones Pinta Negra Blanco y Pinta Negra Tinto, fueron pensados para la gastronomía. Son frescos, equilibrados y expresivos, con perfiles que se adaptan a una gran diversidad de platos. El Pinta Negra Blanco, elaborado con las uvas portuguesas Fernão Pires y Arinto, es vibrante y cítrico, ideal para realzar pescados como la trucha o la cachama, y también para sorprender con combinaciones tan nuestras como los encocados del Pacífico o las carimañolas costeñas. Incluso sopas tradicionales como el mote de queso o el ajiaco pueden encontrar en este vino un aliado que refresca el paladar y amplifica los sabores.

Por su parte, el Pinta Negra Tinto, hecho con Castelão y Aragonêz (Tempranillo), aporta cuerpo, taninos suaves y notas especiadas que armonizan con platos de cocción lenta y gran intensidad. Desde una posta cartagenera hasta una ternera a la llanera, pasando por la bandeja paisa o el cabrito santandereano, este tinto logra aligerar el bocado y resaltar las notas más profundas de la preparación. Más que acompañar, el vino transforma la experiencia gastronómica, aportando una nueva capa sensorial.
Como lo explica la sommelier Catalina Rúgeles, el vino aún se percibe en Colombia como un lujo o un producto ajeno a la mesa diaria. Pero esa visión está cambiando. “Nuestra cocina, por su riqueza, tiempo de cocción y poca presencia de picante, es muy compatible con el vino. Lo que falta es animarse a experimentar. No hace falta esperar una ocasión especial; cada almuerzo puede ser una oportunidad para descubrir cómo un vino puede realzar lo que comemos”.
La propuesta de vinos jóvenes como Pinta Negra va más allá de la etiqueta de sofisticación. Son vinos accesibles, versátiles y perfectamente adaptados al clima tropical, ideales para beberse frescos, sin complicaciones ni pretensiones. Así, maridar un tamal santandereano o un sancocho con una copa de vino se convierte en un acto cotidiano, una forma de romper mitos y acercar el vino a lo popular, a lo que realmente somos.
En un país donde los jugos son protagonistas, abrir la puerta al vino como acompañante de nuestros platos no significa renunciar a lo nuestro, sino enriquecerlo. Al final, como dice Rúgeles, “el vino no es un lujo, es cultura. Y como cultura, debe tener un lugar en nuestra mesa diaria, sin miedo, sin solemnidad, pero con mucha curiosidad”.